Primera santa de América, Santa Rosa de Lima es una de las figuras más emblemáticas de la espiritualidad latinoamericana y de la Tercera Orden Dominicana. Nació en Lima y desde pequeña manifestó un deseo ardiente de consagrarse totalmente a Dios. Practicó desde muy joven la oración profunda, el silencio interior y la penitencia.
Rosa eligió una vida de simplicidad y retiro, construyendo una pequeña celda en el jardín de su casa donde pasaba horas en diálogo con Dios. Aunque vivía en clausura doméstica, su caridad era activa: tejía y hacía trabajos manuales para ayudar económicamente a su familia y a los pobres, atendía enfermos en su casa y rezaba incansablemente por la conversión de su ciudad.
Su amor a Cristo crucificado la llevó a prácticas de mortificación extremas, siempre movidas por un deseo sincero de unirse con el sufrimiento redentor de Jesús. A pesar de estas penitencias, quienes la conocieron destacan su ternura, su alegría y su profunda paz interior.
Rosa tuvo visiones místicas, experimentó sufrimientos espirituales y físicos intensos, y vivió una entrega absoluta a Dios en cada detalle de su vida cotidiana. Murió a los 31 años con fama inmensa de santidad. Fue canonizada en 1671 y es patrona de América Latina, Filipinas y Perú.